José Saramago

La cara b de la narrativa de José Saramago

El ser humano tiene la misma capacidad para sorprender como para confirmar su naturaleza perniciosa. Dos extremos que despiertan las emociones más nobles y también las más temidas e históricamente conocidas. Unas que los libros de José Saramago desgranan y exponen con precisión de cirujano y con una ironía muy particular (sello personal), que nos llevan a pronunciar chapeau —en varias ocasiones— a medida que se avanza en la lectura. Ensayo sobre la lucidez, al igual que otras de sus novelas, tiene esa cualidad.

La normalidad de una ciudad sin nombre, de la que solo sabemos que se trata de la capital de un país, huérfano también de designación, se ve interrumpida por la decisión de la mayoría de sus José Saramagohabitantes. Durante las elecciones provinciales, casi la totalidad de la población decide votar en blanco. Una situación que pone en jaque al gobierno. Las máximas autoridades políticas, desconcertadas y a tientas, se verán exhortadas a buscar una solución para terminar, como ellas deciden definirlo, con este atentado a la democracia.

Estado de excepción, detenciones, polígrafos… Ninguna de estas estrategias consigue anular la certeza que tienen todos esos ciudadanos de que no han hecho otra cosa que hacer valer sus derechos dentro de la legalidad. Unos derechos que si bien están establecidos, a la alta cúpula nunca se le pasó por la cabeza que la mayoría de la población se animaría a ejercer. El miedo a que este acto revolucionario contagie al resto del país y que el sistema tan sólidamente establecido se desbarranque pondrá sobre el tapete que, cuando se trata de intereses, el fin siempre justifica los medios.

Sin embargo, más allá de exponer lo que de una u otra manera siempre está bajo sospecha, esos tejes y manejes que, si no se saben, se imaginan, el escritor lusitano se tienta, una vez más, a mostrarle al lector que también hay una cara b de la moneda. Porque, en algún momento, se puede despertar la necesidad de poner un límite a ese engranaje impuesto, de decir por ahí no paso, de no silenciar más un basta ya. Y para manifestarlo,  Saramago se sirve de algunos personajes que, además de dar fe de ello, nos devuelven el aliento por un rato mientras nos descubrimos murmurando No todo está perdido.

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